Tiembla la tierra,
todo corre despavorido.
Plumas mojadas tratan de alzar vuelo,
y veo las nubes al borde de mis manos.

Así  sufre la golondrina,
así lloran las cascadas sin rumbo,
vertidas en la tierra ajena,
mojando de un golpe bordes ajenos,
arrancando de raíz las azucenas.

Así llora la tierra, y no cesa,
tímidos insectos tocan mi rostro,
iluminan noches en tinieblas.
Solo un zumbido nuevo entretiene,
y la noche se hace eterna.

Tiembla la tierra
y agradece le arranquen los excesos,
de momento todo reverdece,
y reconozco las bendiciones
de esta aparente condena.

 

Carmen Amaralis Vega